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Mercados de Calle: una opción muy a tener en cuenta

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Yo he tenido siempre especial predilección por esta forma de venta, que me daba, como agricultora, autonomía para planificar mis producciones en función de unos consumidores reales y próximos con los que podía establecer una relación directa.

En la calle es donde más y mejores consumidores se forman, sobre todo si crees en lo que haces y tratas de hacerlo bien. Hay que hablar con la gente, con toda la gente, no sólo con el consumidor concienciado; es muy importante no ser sectarios, entre otras cosas porque va contra nuestros intereses, pues cuantos más consumidores podamos tener y fidelizar mucho mejor.

Yo hice muchos y buenos clientes de personas que nunca habían oído hablar de agricultura ecológica, pero que se convencieron probando unos productos que recuperaban los sabores y olores de antaño. De paso van las explicaciones de lo que haces y cómo lo haces, cuando procede darlas. Algunos se conciencian y otros sencillamente siguen comprando tus productos porque disfrutan con ellos sin plantearse nada más. Y todos son buenos como clientes. Comercializar es una carrera de fondo, y hay que dar tiempo a los procesos.

La venta directa implica que el/la agricultor/a vende a precio final de consumidor, sin intermediarios. ¿Son todo ventajas? Pues no del todo. ¿Por qué? Porque hay que considerar el tiempo que se emplea en vender. Ese tiempo lo quitas de producir, por tanto, lo que se gana por un lado, en parte se pierde por otro –no se puede estar en todos los sitios a la vez-.

Pese a todo, sigue siendo un sistema de venta con muchas ventajas, desde luego mejorable. ¿Mejorable cómo? A lo largo de mis años de agricultora he tratado, me temo que sin resultado, de convencer a otros agricultores/as ecológic@s de poner en marcha un sistema mejorado de puestos de venta en mercados locales. La idea era, emulando la experiencia de mercados europeos, conseguir que los productos ecológicos tuvieran una fuerte presencia en los mercados de calle, haciendo una puesta en común de producciones, de modo que los puestos de calle se convirtieran en auténticas tiendas de alimentación ecológica, bien surtidas, en las que incluso se pudieran vender productos ecológicos envasados.

Una campaña de difusión a través de radio y prensa – a menudo muy interesados en publicar cualquier cosa que hable de la moda de lo ecológico-, y otros canales de difusión más específicos y próximos – asociaciones de consumidores, grupos ecologistas, etc.-, más el trabajo de calidad en el día a día de los puestos, supondría un empuje para la producción y la comercialización, sin asumir los costes que conlleva abrir una tienda estable en una ciudad y con las ventajas de estar al tiempo en muchos más sitios.

No cuajó, yo creo que por una mezcla de individualismo y de prejuicio provinciano con los mercados de calle. Alguna gente ya tenía en la cabeza convertir el consumo ecológico en una cuestión elitista y políticamente correcta y quería escenarios más propicios.

Con los años, mi puesto de venta se convirtió también en un lugar de encuentro, donde la gente se paraba a hablar de un montón de temas, o venía a pedirme asesoramiento para problemas en sus cultivos. Esto es mucho más fácil que se dé en la calle que en un local al que las personas que acuden lo hacen con un conocimiento y relación previos con el sitio y las personas, mientras que en la calle cualquier persona que se para a ver o preguntar por una mercancía, escucha sin querer a las personas que están hablando sobre agricultura ecológica, salud, formas de consumir un producto, sus cualidades, etc. Es una forma de dinamización que llega a mucha más gente, mucho más ágil y directa.